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miércoles, 10 de mayo de 2017

Recensión - Sobre el poder del Imperio y del Papa (El defensor menor, La transferencia del Imperio)

1.   Información bibliográfica
·     ABBAGNANO, Nicolás: Historia de la Filosofía volumen 1: Filosofía antigua, Filosofía patrística, Filosofía escolástica (trad. Juan Estelrich, J. Pérez Bastellar), Hora S.A., Barcelona (1994)
·     ALIGHIERI, Dante (1313): Monarquía (trad. Laureano Robles Carcedo, Luis Frayle Delgado), Tecnos, Madrid (1992)
·     LOMBARDO, Pedro: Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo (trad. Juan Cruz Cruz, Mª Idoya Zorroza), Eunsa (2013)
·     MARSILIO DE PADUA: Sobre el poder del Imperio y del Papa (El defensor menor y La transferencia del Imperio, (trad. Bernardo Bayona, Pedro Roche), Biblioteca Nueva, Madrid (2004)
·     Sagrada Biblia (trad. Eloíno Nacar Fuster, Alberto Colunga, Gaetano Cicognani), La Editorial Católica, Madrid

2.   Autor
Marsilio de Padua fue un filósofo, político, médico y teólogo italiano de la Baja Edad Media. Poca es la información que se tiene sobre su vida: se sabe que nace entre 1275 y 1280, posiblemente en Padua. Durante su vida el Emperador era Luis IV de Baviera y el Papa Juan XXII, y vivió el choque entre religión y política por el dominio sobre el poder temporal al que ambos órdenes aspiraban.

Marsilio aparece en un documento de 1312 enseñando en la universidad de París, donde se cree que llegó a ser rector. También se conserva un escrito jocoso de un amigo suyo en el que le achaca su inconstancia y lo exhorta a volver definitivamente al estudio por la falta de dedicación de Marsilio a un campo exclusivo. La vida de Marsilio fue polémica a causa de su mundanización de la Iglesia, lo que le granjeó ser visto como uno de los precursores de la Reforma. En 1326 Marsilio huyó de París para refugiarse en la corte de Luis IV, que lo defendió frente al Papa. De hecho, Marsilio acompañó al Emperador a su coronación a Italia en 1328 y fue finalmente declarado hereje por parte de la Iglesia. Aunque la fecha es incierta, se cree que Marsilio fallece en el año 1342.

El pensamiento de Marsilio se inscribe dentro de la corriente del conciliarismo. El Concilio al que tan asiduamente se refiere es la reunión de los representantes de la Iglesia para tomar decisiones en un sistema de gobierno horizontal, un ataque frontal al poder omnímodo eclesiástico papal. En este contexto Marsilio intenta prestar un servicio al Emperador usando argumentos que apelan a la razón a la vez que debilita al Papa. Aunque la obra más relevante de su pensamiento es el Defensor pacis o El defensor de la paz, esta recensión se dedica a otros dos opúsculos: Defensor minor o El defensor menor y Tractatus de translatione imperii o La transferencia del Imperio.

3.   Ideas principales
A fin de tratar los distintos opúsculos separadamente dadas sus distintas características se establecerán dos apartados en esta sección. La extensión de cada apartado se corresponde con la longitud y precisión conceptual impresa por parte de Marsilio de Padua en cada uno.

El defensor menor
El objeto de este primer opúsculo es responder en cierta medida al Maestro de las Sentencias o Petrus Lombardus, autor de los Cuatro Libros de Sentencias, una compilación de carácter religioso de distintos textos bíblicos, textos de Padres de la Iglesia y textos de pensadores medievales. Uno de los temas principales alrededor del cual desarrollará Marsilio este tratado es el poder de excomulgar a los pecadores atribuido los sacerdotes. Por lo tanto, no es sorpresa que los primeros conceptos clave que introduce Marsilio están dotados de un cierto cariz jurídico. El autor paduano distingue entre la ley divina y ley humana. La primera es un precepto inmediato de Dios sin deliberación humana, que ha de cumplirse en aras a un fin en la otra vida y cuyo incumplimiento también se castiga en la otra vida (DM. 1, 2); la segunda, por otro lado, es un precepto del conjunto de los ciudadanos o de su parte prevalente, para alcanzar un fin en esta vida so pena de castigo en esta vida (DM. 1, 4). La tesis de Marsilio es que ningún hombre puede, ha podido o podrá dictar o modificar la ley divina, ni siquiera el Papa de Roma. Se contrapone a la ley humana, que está supeditada a la única autoridad del príncipe Romano en tanto que legislador humano, y a nadie más. Según Marsilio, la jurisdicción coactiva de algún miembro de la Iglesia sobre laicos o fieles, si alguna vez la han tenido, se debe a una concesión del legislador humano.

En los siguientes capítulos Marsilio delimita el poder de los sacerdotes y del Sumo Pontífice. Hace ver como cualquier modificación de la ley humana o de la ley divina por parte de un ministro de la Iglesia generaría inconvenientes: que dicha ley proceda de un legislador incompetente (DM. 2, 4), la inestabilidad política causada por la existencia de distintos legisladores (DM. 2, 5) o que los sacerdotes pudieran coactivamente actuar sobre este mundo (DM. 2, 5). Marsilio se reafirma al enunciar que la actividad del gobernante negligente solo es punible por parte del legislador humano. El patavino se refiere también acerca de si los sacerdotes gozan de la capacidad de obligar a los fieles que se desvían de la fe de Cristo a volver a ella. Para contestar recuerda la advertencia de Cristo “Nosotros no pretendemos dominar sobre vuestra fe” (Mateo. 10, 23), que evidencia la no autoridad de los sacerdotes. Tampoco pueden castigar a los herejes arrebatándoles sus bienes, ya que deben ejercer el ministerio sacerdotal de la manera más similar a Cristo: con humildad, reclamando no más que ropa y vestido. Queda descartada, por extensión, la pretensión eclesiástica sobre el diezmo, potestad exclusiva del legislador humano. En relación con el poder de las llaves atribuido a los sacerdotes, consistente en absolver o no a los hombres de sus pecados, Marsilio muestra las numerosas conclusiones que se extraen.

Partiendo del poder de las llaves los sacerdotes concluyen que: los hombres deben confesarles sus pecados mortales para acceder a la salvación eterna; pueden imponer penas materiales cuyo incumplimiento estaría penado con la no absolución de los pecados; habrá indulgencias para los fieles que presenten ofrendas, peregrinen o luchen en las cruzadas; están capacitados para absolver a los fieles de sus cotos prometidos; son los únicos con capacidad para excomulgar; y, por último, que el Papa predomina sobre los demás obispos. Marsilio se basa en las Sagradas Escrituras para refutar estas cuestiones. Por ejemplo, el confesar un pecado frente a un sacerdote no aparece como precepto sino como consejo, siendo suficiente el arrepentimiento y la promesa ante Dios de no caer de nuevo en el pecado. La función del sacerdocio es para Marsilio más disuasoria, ya que deben infundir el miedo a que, si se cae en el pecado, se sufra en la vida futura (DM. 5, 12). Algunos plantean que si la única labor del sacerdocio es el poder de las llaves, cualquiera formado en las Sagradas Escrituras podrá cumplir con dicha función. Marsilio rechaza esto frontalmente, ya que solo los sacerdotes reciben esta función de Cristo. La única situación en la que Marsilio acepta como precepto la obligación del fiel de confesarse frente al sacerdote es cuando este queda fijado por parte del Concilio General (DM. 5, 20-21), siendo notable aquí el conciliarismo antes advertido.

Sobre el poder de los ministros de la Iglesia de imponer penas materiales Marsilio declara que solo se daría ese poder en virtud de una revelación divina que alguien podría no reconocer, ergo funciona como consejo y no como precepto (DM. 6). Marsilio también niega el poder de los sacerdotes a la hora de dar indulgencias a los fieles por sus donaciones, sus peregrinaciones o sus cruzadas. Por ejemplo, entiende que las cruzadas para obligar a los fieles a convertirse en la fe de Cristo no son meritorias, mientras que sí lo son si se realizan para reclamar los tributos debidos al príncipe Romano. Para contestar sobre lo referente al poder del Papa y los sacerdotes en la absolución de los votos primero Marsilio los define como la promesa voluntaria, hecha mentalmente o de viva voz, de hacer algo o de abstenerse de algo con conocimiento de causa en aras a lograr algún fin en esta vida o en la otra. Tras algunas investigaciones Marsilio concluye que nadie está sujeto ni obligado a hacer un voto bajo pena en esta vida pero que todo hombre está obligado bajo algún tipo de pena al cumplimiento del voto prometido (DM. 8, 4). También llega a la conclusión que ni el obispo de Roma ni ningún otro pueden desligar un voto hecho a Dios, ya que solo la persona con lo que uno hace el voto puede desligar a la persona comprometida o, en su defecto, un juez superior entre ambos; y como no hay juez superior a Dios solo este tiene la facultad de cancelar un voto. El caso en el que se permite revocar un voto es cuando se hace para hacer algo mejor y agradar más a Dios, o para evitar algo peor en lo que se vaya a caer a menudo y en consecuencia se ofenda más a Dios (DM. 9, 2). Marsilio afirma que tampoco puede forzarse a un tercero a someterse al voto de otro, ya que entraría en contradicción con la característica de promesa voluntaria. Marsilio habla de la presunta autoridad del Papa para excomulgar y entregar a Satanás a los pecadores no arrepentidos de sus pecados. Sobre ello dice que tiene, tras haber amonestado tres veces, la capacidad de privar al pecador de una doble comunión, la civil y la eclesiástica.

Empero, Marsilio demuestra basándose en la palabra de Cristo que este quiso que los apóstoles y sus sucesores divulgaran cosas divinas a los rebeldes, no que se las prohibieran. Además considera que la excomunión civil no corresponde a ningún ministro de la Iglesia, ya que en ese caso todos los gobernantes humanos serían superfluos. Con todo, concluye que el ministro de la Iglesia que prohíbe la religión o cualquier administración espiritual o divina cae en pecado mortal. Tampoco permite a estos separar a los herejes y a los infieles de los fieles, siendo esta también jurisdicción del legislador humano.

El conciliarismo del patavino vuelve a relucir al tratar la primacía del Sumo Pontífice en el orden eclesiástico. Marsilio considera que ningún obispo tiene la capacidad para suceder cuanto Dios y hombre a Cristo, ergo ninguno podrá gozar de su primacía. Es por ello que la institución de la Iglesia cuyas sentencias si pueden ser tomadas como consejos para la salvación eterna es el Concilio General, siendo una de sus características más destacadas la revocabilidad de sus pronunciamientos. Esto se relaciona con el legislador humano, definido por Marsillio como el conjunto de los hombres que deben someterse a los preceptos coactivos de la ley o su parte prevalente en cada región o provincia (DM. 12, 1). El paduano afirma que al pueblo Romano se le confirió la autoridad, que a su vez se la encomendó al príncipe con autoridad de legislar. Estos poderes son revocables si el legislador humano o su parte prevalente así lo consideraran. Marsilio habla también del Imperio Romano como la voluntad divina, ya que si no fuera esta la manera más justa en que se pudiera haber organizado el poder temporal Cristo no la hubiese favorecido.

También dedica unas palabras sobre la composición del Concilio General de los fieles cristianos. Según el autor, el Concilio solo será general cuando se convoque a la totalidad de la Iglesia Griega de los fieles y a la Iglesia Latina, de la misma manera que hizo Constantino para así superar el cisma eclesiástico. Además, cuando este Concilio se componga debidamente sus sentencias sobre cuestiones de las Sagradas Escrituras no serán en ningún caso cuestionables, ya que el contacto entre los espíritus estimula que lleguen a consideraciones de verdades inalcanzables por sí solos. Acerca de la autoridad sobre el matrimonio Marsilio considera que los asuntos atinentes a actos humanos deben ser juzgados según los estatutos de la ley humana siempre y cuando estos no se opongan a la ley divina. Es por ello que, en caso de que una de las partes transgrediera un estatuto humano no contradictorio con los de la ley divina, la parte ofensora puede ser castigado materialmente. Marsilio tampoco considera problemático ningún grado de consanguinidad entre cónyuges según la ley cristiana, y solo surgirían problemas a razón de la ley humana, ley que el Papa y los sacerdotes deben acatar.

La transferencia del Imperio
Marsilio dedica este segundo opúsculo, bastante más breve que el anterior, a reseñar críticamente el tratado De la transferencia de la sede Imperial de Landolfo Colonna, ya que entiende Marsilio que este lesiona los derechos del Imperio sin prueba suficiente.

Marsilio sostiene que el Imperio Romano comenzó con Octavio Augusto y no con Julio César, al que tacha de usurpador de la república. El Imperio se mantuvo en Roma durante trescientos cincuenta y cinco años, hasta que Constantino trasladó la sede del Imperio a Bizancio y encomendó el gobierno de Roma al Pontífice Silvestre. Tras esta etapa Marsilio trata cómo, durante el reinado de Heraclio, los pueblos Orientales se emanciparon del Imperio. Alude a la cuestión religiosa, ya que al adoptar estos pueblos una distinta a la cristiana el sometimiento debía terminarse. Los principales pueblos que se emanciparon fueron los sarracenos, los caldeos, los amonitas y los moabitas; que fueron ayudados por las artes de Mahoma, a quien Marsilio tacha de embaucador y de instigador de la guerra al condenar a muerte a aquellos que no se inscribían en su doctrina.

Marsilio se refiere ahora a la época del emperador León III, que presuntamente perseguía la iconoclasia. El Papa Gregorio III excomulgó a León III y se las arregló para transferir el Imperio a los Francos en vida de Pipino, en ese momento mayordomo de palacio y posteriormente elevado por el Papa Zacarías a rey de los Francos. En el año 1580 de la fundación de Roma fue elevado a Sumo Pontífice Esteban II, que se vio en la necesidad de acudir a Pipino en busca de ayuda por el acoso de Astulfo, rey de los lombardos; y Pipino cumplió y derrotó a los lombardos. El hijo de Pipino, Carlomagno, se vio en la misma obligación que su padre por los actos de Desiderio contra Roma. Tras vencerlo se le confirió a Carlomagno el poder elegir al Pontífice Romano, derecho que no ejerció. Marsilio también narra cómo el Papa León VIII concedió a Odón I, rey de Alemania, los mismos derechos que a Carlomagno al instituirlo como Emperador por sus servicios prestados en la defensa de Italia. Por último, recuerda como tras la muerte sin herederos de León III se instituyeron los electores alemanes del Imperio.

4.   Conclusión
El marcado carácter tejas abajo del pensamiento de Marsilio de Padua hace muy amena su lectura en el siglo XXI. En la época de Marsilio algunas de sus ideas como la reducción de la autoridad eclesiástica sobre el poder temporal fueron razón suficiente para expulsarlo de la Iglesia por hereje. Su distinción entre ley humana y ley divina fueron clave durante el conflicto de las investiduras y la posterior secularización del Estado. Con todo, Marsilio es un claro precursor del concepto moderno de Estado como completamente secularizado. Sus ideas también adquirieron importancia desde el XVI en el contexto de la Reforma, siendo muy posible que distintos autores como Maquiavelo, Hobbes o Locke hayan leído la obra marsiliana por las argumentables influencias. Por último, Marsilio contribuyó al desarrollo de la teoría de la soberanía del Estado, que contribuyó al debilitamiento de la soberanía eclesiástica.



Trabajo comparativo - La Filosofía en Agustín de Hipona, Isidoro de Sevilla, Al-Kindi y Avicena

La Filosofía en Agustín de Hipona, Isidoro de Sevilla, Al-Kindi y Avicena
1.   Bibliografía
·     ABBAGNANO, Nicolás: Historia de la Filosofía volumen 1: Filosofía antigua, Filosofía patrística, Filosofía escolástica (trad. Juan Estelrich, J. Pérez Bastellar), Hora S.A., Barcelona (1994)
·     ABBAGNANO, Nicolás: Historia de la Filosofía volumen 2: La filosofía del Renacimiento, La filosofía moderna de los siglos XVII y XVIII (trad. Juan Estelrich, J. Pérez Bastellar), Hora S.A., Barcelona (1994)
·     AGUSTÍN DE HIPONA: Ciudad de Dios (Obras completas XVII), Capanaga (1958)
·     AL-JWARIZMI: Las llaves de las ciencias, G. Van Vloten, Leiden (1895)
·     AL-KINDI: Obras filosóficas de Al-Kindi (trad. Rafael Ramón Guerrero, Emilio Tornero Poveda), Coloquio, Madrid (1986)
·     ARISTÓTELES: Ética a Nicómaco (trad. José Luis Calvo Martínez), Alianza Editorial, Madrid (2014)
·     ARISTÓTELES: Metafísica (trad. María Luisa Alía Alberca), Alianza Editorial, Madrid (2014)
·     ISIDORO DE SEVILLA: Etimologías, Biblioteca de Autores Cristianos (2004)
·    MARTÍN PRIETO, PABLO (2005): Isidoro de Sevilla frente a los límites del conocimiento: etimología, astrología, magia, Temas Medievales, n.1, Buenos Aires enero-diciembre 2005
·     PLATÓN: Diálogos (trad. Mª Isabel Santa Cruz, Álvaro Vallejo Campos, Néstor Luis Cordero), Gredos, Madrid (1988)
·     Sagrada Biblia (trad. Eloíno Nacar Fuster, Alberto Colunga, Gaetano Cicognani), La Editorial Católica, Madrid

2.   Agustín de Hipona
Agustín nació en Argelia fruto de la unión de un pagano y una cristiana. Estudió estudió retórica en Madaura y Cartago y su precocidad lo llevó a desde muy joven ocupar cátedras en África. Más tarde se trasladó a Roma y posteriormente Milán. Con la edad surgió en él un interés por la verdad, hecho que puso a Agustín en el camino de la vida filosófica. En el 386 se convirtió al cristianismo y comienza a escribir, siendo sus obras más destacadas La ciudad de Dios y Confesiones, una autobiografía.

En el pensamiento agustiniano, de carácter marcadamente antifuncionalista, se observan influencias del maniqueísmo, del platonismo y del obispo de Milán cuando Agustín viajó a la ciudad: San Ambrosio. De hecho, fue por la influencia de San Ambrosio que Agustín cambió su concepción del cristianismo, que hasta ese momento era la e una religión de gente sencilla y comenzó a ver la compatibilidad de cristianismo y cultura.

3.   Isidoro de Sevilla
Isidoro de Sevilla nació alrededor del año 570 y falleció en el año 636. Sus obras suministraron de material a las escuelas abaciales y episcopapales, en las que se formaban los clérigos. Estas obras tenían el carácter de compilación, ya que no destacaban por una especial unificación sino por su yuxtaposición, y entre estas obras destacan De natura rerum, De ordine creaturarum, Sententiae y su obra más relevante: Etimologías. Esta última obra se compone de veinte libros y precisamente uno de ellos constituye el objeto de este trabajo. En ellos Isidoro condensa todo el saber del pasado independientemente de su índole, y por ello hay tanto cuestiones gramaticales como agrícolas, siendo estas primeras las más destacadas.

Isidoro recoge testimonios de distintos autores clásicos y de los Padres de la Iglesia, especialmente San Gregorio el Magno. La importancia de las Etimologías radica en que permitieron legar a las generaciones intelectuales sucesivas la ciencia antigua.

4.   Al-Kindi
Al-Kindi fue el primer filósofo musulmán explícitamente relacionado con la filosofía griega. Natural de Bagdad, donde murió en el año 873, escribió filosofía, matemáticas, astronomía, medicina, política y música. Destaca por ser uno de los autores a quien el califa Al-Mamún encargó la traducción de las obras de autores griegos, principalmente Aristóteles. No es casualidad, por lo tanto, que Al-Kindi se granjeara por sus numerosos comentarios aristotélicos el apodo de el Filósofo.

5.   Avicena
Ibn-Sina o Avicena, este segundo para la escolástica latina, fue un médico precoz de origen persa. Pasó por distintas ciudades como curandero para finalmente instalarse en Ispahán como secretario del príncipe, a quien acompañaba en numerosas expediciones.
Precisamente, en el año 1037 cuando Avicena acompañaba al príncipe a una expedición a la ciudad de Hamadan a los cincuenta y siete años de edad enfermó y murió. La actividad intelectual de Ibn-Sina no se reduce al campo de la sanación, sino que también destinó su intelecto a cultivar la filosofía, entre otros saberes. Su Canón de medicina destaca como su obra más célebre por su relevancia en el plano de la medicina medieval, aunque como obras filosóficas son reseñables el Libro de la curación o el Libro de la liberación. Además de la medicina, el gran legado de Avicena fue su traducción de prácticamente la totalidad de la obra aristotélica, ya que antes de llegar a Occidente sus traducciones solo había constancia de la lógica.

6.   Distintas concepciones de Filosofía
6.1.  La Filosofía en Agustín
Agustín recurre a Platón para la explicación de qué sea la filosofía para reinterpretar su legado y acercarlo a la teología. Agustín declara que la filosofía se divide en tres ramas: la física o natural, la lógica o racional y la ética o moral. Para engranar su explicación Agustín afirma que Sócrates, maestro de Platón, fue el primero en orientar la filosofía hacia la rama ética o moral, y que antes los filósofos solo se interesaban por la rama físico natural (los filósofos peri physeos).

Sin embargo, Agustín distingue partes en el estudio de la sabiduría, una activa y otra contemplativa: la primera trata el gobierno de la vida y la formación de las costumbres y la segunda las causas de la naturaleza y la verdad en sí. Agustín atribuye a Platón el haber logrado la unión de la parte activa y la contemplativa para el perfeccionamiento de la filosofía, que posteriormente divide en tres partes: moral, que se encuentra en la acción; natural, dedicada a la contemplación; y racional, cuya razón es el conocimiento de la verdad. Esto permite a Agustín conectar la concepción de la filosofía con la teología, ya que afirma que Dios es la causa de la subsistencia, la razón de la inteligencia y la ordenación de la vida, que precisamente se corresponden con la parte natural, racional y moral, respectivamente. Es por ello que Agustín se siente legitimado para afirmar que sabio es aquel que “imita, conoce y ama a este Dios cuya participación lo hace feliz”. De hecho, Agustín reconoce que nuestra naturaleza se da por tener a Dios como autor, por lo que Él será el maestro para alcanzar la verdad y la felicidad. En conclusión, vemos que esta concepción de la filosofía es de marcado carácter teológico.

6.2.  La Filosofía en Isidoro
Isidoro de Sevilla es más conciso y define la filosofía como el “conocimiento de las cosas humanas y divinas, acompañado del deseo de llevar una vida irreprochable”. A primera vista, la definición parece comprender tanto el plano epistemológico de la antropología y la teología como el plano de la moral. La definición de Isidoro continúa de manera sistemática ya que realiza una extensa clasificación. Acepta la formación morfológica de la palabra como amor a la sabiduría y la divide en tres: natural o física que estudia la naturaleza, moral o ética que trata las costumbres y racional o lógica que se hace cargo del modo en que se busca la verdad en los principios de las cosas y las costumbres de la vida.

Recuerda como Platón dividió la física en cuatro: aritmética, geometría, música y astronomía; y también como Sócrates, el primero en aplicar la ética a la corrección y arreglo de las costumbres, dividió la moral en las cuatro virtudes del alma: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. No se olvida tampoco de la lógica o filosofía racional, destinada al estudio racional del fundamento de las cosas y las costumbres. La lógica, a su vez, se compone de dialéctica y retórica. Isidoro también cita otras definiciones de filosofía l: “La filosofía es el arte de las artes y la ciencia de las ciencias” o “La filosofía es la meditación sobre la muerte”, esta última de utilidad para el dogma cristiano. Siguiendo estas definiciones Isidoro realiza nuevas clasificaciones, dividiéndola en una parte especulativa y otra práctica.

La primera se refiere a aquello que podemos observar con la mente elevándonos por encima de lo visible, y la segunda es la que adopta las cosas propuestas a su forma de obrar. La parte especulativa se subdivide en un apartado doctrinal, uno natural y otro divino; y la otra en un apartado moral, uno doméstico y otro civil. Por último, en el apartado doctrinal Isidoro distingue cuatro subapartados: la aritmética, la música, la geometría y la astronomía. Con todo es evidente que la definición de Isidoro se desmarca de la agustiniana en tanto que una se centra más en el objetivo de la filosofía para conectarla con Dios y otra presta atención al carácter sistemático y abarcador de la disciplina.

6.3.  La Filosofía en Al-Kindi
Al-Kindi también es conciso y define filosofía como el “conocimiento de las cosas en su realidad, en la medida de lo posible del hombre”, y es así ya que el propósito del filósofo al conocer es alcanzar la verdad, y al actuar lo es el obrar conforme a la verdad. Al-Kindi habla de la relación entre las causas y los efectos otorgándole la primacía a la primera, y es por ello que considera que el conocimiento de la Verdad Primera, que es la causa de toda verdad, es la rama más importante de la filosofía: la Filosofía Primera.

Considera Al-Kindi evidente que ningún hombre obtiene la verdad por sí solo, pero si se reúne el conocimiento de todos aquellos que la buscan se logrará conocer una parte valiosa de esta. Insiste en que ningún hombre podría en una vida reunir el saber que muchos han acumulado durante siglos, y por ello cita a Aristóteles, a quien destaca sobre los otros filósofos griegos: “Debemos dar las gracias a los padres de quienes han aportado algo de verdad, puesto que son causa de que estos hayan existido; tanto más a quienes han nacido de ellos, puesto que los padres son causa de los hijos, pero estos son causa de que obtengamos la verdad” (Met., II, 1, 993b 11-19).

Al-Kindi afirma que todo aquel que porta la verdad se ennoblece, por lo que no se debe menospreciar ni humillar a aquel que porte la verdad sea de otra raza o pueblo, pues nada hay por delante de la verdad para aquel que busca la verdad. Esta definición de Al-Kindi es puramente epistemológica, se centra en la verdad como objetivo de la filosofía y de ella deriva distintas disposiciones.

6.4.  La Filosofía en Avicena
Avicena define la filosofía como un arte teórico que permite al hombre adquirir la percepción de lo que es la totalidad del ser en sí mismo y de lo que su acción debe necesariamente obtener para que su alma se ennoblezca, se perfeccione y se prepare en el mundo existente para la felicidad suprema alcanzable por la capacidad humana. Avicena divide la disciplina en dos partes, una puramente teórica y otra puramente práctica.

La primera tiene como objetivo la obtención del conocimiento cierto del estado de los seres cuya existencia no depende de la acción del hombre, y cita como ejemplo la búsqueda de una opinión como ocurre en la astronomía o la teología. La parte restante, la práctica, tiene como fin en este caso la adquisición de una opinión verdadera sobre algo que el hombre ha adquirido con el objetivo de obtener con ello un bien, es decir, busca una opinión interesada: una opinión con vistas a una acción. Avicena sintetiza los fines de las distintas partes así: la filosofía teórica se ordena conforme a la obtención de la verdad, y la práctica hace lo propio en aras a alcanzar el bien. Esta definición de Avicena es probablemente la más concluyente, pues delimita dos campos distintos con objetivos diferenciados dentro de una misma disciplina de manera concisa y congruente.

7.   Consideraciones sobre las definiciones
Las cuatro definiciones comparten similitudes pero también presentan diferencias específicas. Una de las diferencias, por ejemplo, la encontramos en Avicena, cuya definición es la única que no se apoya, al menos explícitamente, en la doctrina de los grandes filósofos antiguos Platón o Aristóteles. Como matiz a esto último cabe decir que Avicena ha pasado a la historia como uno de los grandes traductores de Aristóteles, por lo que aunque no lo mencione es muy defendible la influencia del estagirita sobre su pensamiento. Por lo tanto, la primera característica común que se puede sostener a la hora de relacionar las definiciones es el modo en que evocan los modelos de pensamiento platónico y aristotélico.

Una observación se puede realizar en lo referente a la Filosofía según Agustín, ya que es el único que vincula la consecución de la obtención de la verdad y la felicidad con la figura de Dios, a diferencia de Al-Kindi que se centra en la capacidad del hombre para encontrar la verdad o Avicena, que también se centra en la verdad y se pregunta por el bien. Llama la atención también que solo un autor, Isidoro de Sevilla, recurra a la definición de filosofía como amor a la sabiduría como por ejemplo si hicieron otros autores islámicos como Al-Jwarizmi (Las llaves de las ciencias, G. Van Vloten, Leiden (1895), pp 131-132). Destaca Al-Kindi por ser el único que no divide la disciplina de la filosofía, ya que tanto Agustín, Isidoro y Avicena distinguen distintos apartados dentro del estudio de la filosofía. Sobre esta cuestión el que más se explaya es Isidoro, probablemente por la naturaleza sistemática y clasificadora del tratado que contiene la definición.