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miércoles, 10 de mayo de 2017

Trabajo comparativo - La Filosofía en Agustín de Hipona, Isidoro de Sevilla, Al-Kindi y Avicena

La Filosofía en Agustín de Hipona, Isidoro de Sevilla, Al-Kindi y Avicena
1.   Bibliografía
·     ABBAGNANO, Nicolás: Historia de la Filosofía volumen 1: Filosofía antigua, Filosofía patrística, Filosofía escolástica (trad. Juan Estelrich, J. Pérez Bastellar), Hora S.A., Barcelona (1994)
·     ABBAGNANO, Nicolás: Historia de la Filosofía volumen 2: La filosofía del Renacimiento, La filosofía moderna de los siglos XVII y XVIII (trad. Juan Estelrich, J. Pérez Bastellar), Hora S.A., Barcelona (1994)
·     AGUSTÍN DE HIPONA: Ciudad de Dios (Obras completas XVII), Capanaga (1958)
·     AL-JWARIZMI: Las llaves de las ciencias, G. Van Vloten, Leiden (1895)
·     AL-KINDI: Obras filosóficas de Al-Kindi (trad. Rafael Ramón Guerrero, Emilio Tornero Poveda), Coloquio, Madrid (1986)
·     ARISTÓTELES: Ética a Nicómaco (trad. José Luis Calvo Martínez), Alianza Editorial, Madrid (2014)
·     ARISTÓTELES: Metafísica (trad. María Luisa Alía Alberca), Alianza Editorial, Madrid (2014)
·     ISIDORO DE SEVILLA: Etimologías, Biblioteca de Autores Cristianos (2004)
·    MARTÍN PRIETO, PABLO (2005): Isidoro de Sevilla frente a los límites del conocimiento: etimología, astrología, magia, Temas Medievales, n.1, Buenos Aires enero-diciembre 2005
·     PLATÓN: Diálogos (trad. Mª Isabel Santa Cruz, Álvaro Vallejo Campos, Néstor Luis Cordero), Gredos, Madrid (1988)
·     Sagrada Biblia (trad. Eloíno Nacar Fuster, Alberto Colunga, Gaetano Cicognani), La Editorial Católica, Madrid

2.   Agustín de Hipona
Agustín nació en Argelia fruto de la unión de un pagano y una cristiana. Estudió estudió retórica en Madaura y Cartago y su precocidad lo llevó a desde muy joven ocupar cátedras en África. Más tarde se trasladó a Roma y posteriormente Milán. Con la edad surgió en él un interés por la verdad, hecho que puso a Agustín en el camino de la vida filosófica. En el 386 se convirtió al cristianismo y comienza a escribir, siendo sus obras más destacadas La ciudad de Dios y Confesiones, una autobiografía.

En el pensamiento agustiniano, de carácter marcadamente antifuncionalista, se observan influencias del maniqueísmo, del platonismo y del obispo de Milán cuando Agustín viajó a la ciudad: San Ambrosio. De hecho, fue por la influencia de San Ambrosio que Agustín cambió su concepción del cristianismo, que hasta ese momento era la e una religión de gente sencilla y comenzó a ver la compatibilidad de cristianismo y cultura.

3.   Isidoro de Sevilla
Isidoro de Sevilla nació alrededor del año 570 y falleció en el año 636. Sus obras suministraron de material a las escuelas abaciales y episcopapales, en las que se formaban los clérigos. Estas obras tenían el carácter de compilación, ya que no destacaban por una especial unificación sino por su yuxtaposición, y entre estas obras destacan De natura rerum, De ordine creaturarum, Sententiae y su obra más relevante: Etimologías. Esta última obra se compone de veinte libros y precisamente uno de ellos constituye el objeto de este trabajo. En ellos Isidoro condensa todo el saber del pasado independientemente de su índole, y por ello hay tanto cuestiones gramaticales como agrícolas, siendo estas primeras las más destacadas.

Isidoro recoge testimonios de distintos autores clásicos y de los Padres de la Iglesia, especialmente San Gregorio el Magno. La importancia de las Etimologías radica en que permitieron legar a las generaciones intelectuales sucesivas la ciencia antigua.

4.   Al-Kindi
Al-Kindi fue el primer filósofo musulmán explícitamente relacionado con la filosofía griega. Natural de Bagdad, donde murió en el año 873, escribió filosofía, matemáticas, astronomía, medicina, política y música. Destaca por ser uno de los autores a quien el califa Al-Mamún encargó la traducción de las obras de autores griegos, principalmente Aristóteles. No es casualidad, por lo tanto, que Al-Kindi se granjeara por sus numerosos comentarios aristotélicos el apodo de el Filósofo.

5.   Avicena
Ibn-Sina o Avicena, este segundo para la escolástica latina, fue un médico precoz de origen persa. Pasó por distintas ciudades como curandero para finalmente instalarse en Ispahán como secretario del príncipe, a quien acompañaba en numerosas expediciones.
Precisamente, en el año 1037 cuando Avicena acompañaba al príncipe a una expedición a la ciudad de Hamadan a los cincuenta y siete años de edad enfermó y murió. La actividad intelectual de Ibn-Sina no se reduce al campo de la sanación, sino que también destinó su intelecto a cultivar la filosofía, entre otros saberes. Su Canón de medicina destaca como su obra más célebre por su relevancia en el plano de la medicina medieval, aunque como obras filosóficas son reseñables el Libro de la curación o el Libro de la liberación. Además de la medicina, el gran legado de Avicena fue su traducción de prácticamente la totalidad de la obra aristotélica, ya que antes de llegar a Occidente sus traducciones solo había constancia de la lógica.

6.   Distintas concepciones de Filosofía
6.1.  La Filosofía en Agustín
Agustín recurre a Platón para la explicación de qué sea la filosofía para reinterpretar su legado y acercarlo a la teología. Agustín declara que la filosofía se divide en tres ramas: la física o natural, la lógica o racional y la ética o moral. Para engranar su explicación Agustín afirma que Sócrates, maestro de Platón, fue el primero en orientar la filosofía hacia la rama ética o moral, y que antes los filósofos solo se interesaban por la rama físico natural (los filósofos peri physeos).

Sin embargo, Agustín distingue partes en el estudio de la sabiduría, una activa y otra contemplativa: la primera trata el gobierno de la vida y la formación de las costumbres y la segunda las causas de la naturaleza y la verdad en sí. Agustín atribuye a Platón el haber logrado la unión de la parte activa y la contemplativa para el perfeccionamiento de la filosofía, que posteriormente divide en tres partes: moral, que se encuentra en la acción; natural, dedicada a la contemplación; y racional, cuya razón es el conocimiento de la verdad. Esto permite a Agustín conectar la concepción de la filosofía con la teología, ya que afirma que Dios es la causa de la subsistencia, la razón de la inteligencia y la ordenación de la vida, que precisamente se corresponden con la parte natural, racional y moral, respectivamente. Es por ello que Agustín se siente legitimado para afirmar que sabio es aquel que “imita, conoce y ama a este Dios cuya participación lo hace feliz”. De hecho, Agustín reconoce que nuestra naturaleza se da por tener a Dios como autor, por lo que Él será el maestro para alcanzar la verdad y la felicidad. En conclusión, vemos que esta concepción de la filosofía es de marcado carácter teológico.

6.2.  La Filosofía en Isidoro
Isidoro de Sevilla es más conciso y define la filosofía como el “conocimiento de las cosas humanas y divinas, acompañado del deseo de llevar una vida irreprochable”. A primera vista, la definición parece comprender tanto el plano epistemológico de la antropología y la teología como el plano de la moral. La definición de Isidoro continúa de manera sistemática ya que realiza una extensa clasificación. Acepta la formación morfológica de la palabra como amor a la sabiduría y la divide en tres: natural o física que estudia la naturaleza, moral o ética que trata las costumbres y racional o lógica que se hace cargo del modo en que se busca la verdad en los principios de las cosas y las costumbres de la vida.

Recuerda como Platón dividió la física en cuatro: aritmética, geometría, música y astronomía; y también como Sócrates, el primero en aplicar la ética a la corrección y arreglo de las costumbres, dividió la moral en las cuatro virtudes del alma: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. No se olvida tampoco de la lógica o filosofía racional, destinada al estudio racional del fundamento de las cosas y las costumbres. La lógica, a su vez, se compone de dialéctica y retórica. Isidoro también cita otras definiciones de filosofía l: “La filosofía es el arte de las artes y la ciencia de las ciencias” o “La filosofía es la meditación sobre la muerte”, esta última de utilidad para el dogma cristiano. Siguiendo estas definiciones Isidoro realiza nuevas clasificaciones, dividiéndola en una parte especulativa y otra práctica.

La primera se refiere a aquello que podemos observar con la mente elevándonos por encima de lo visible, y la segunda es la que adopta las cosas propuestas a su forma de obrar. La parte especulativa se subdivide en un apartado doctrinal, uno natural y otro divino; y la otra en un apartado moral, uno doméstico y otro civil. Por último, en el apartado doctrinal Isidoro distingue cuatro subapartados: la aritmética, la música, la geometría y la astronomía. Con todo es evidente que la definición de Isidoro se desmarca de la agustiniana en tanto que una se centra más en el objetivo de la filosofía para conectarla con Dios y otra presta atención al carácter sistemático y abarcador de la disciplina.

6.3.  La Filosofía en Al-Kindi
Al-Kindi también es conciso y define filosofía como el “conocimiento de las cosas en su realidad, en la medida de lo posible del hombre”, y es así ya que el propósito del filósofo al conocer es alcanzar la verdad, y al actuar lo es el obrar conforme a la verdad. Al-Kindi habla de la relación entre las causas y los efectos otorgándole la primacía a la primera, y es por ello que considera que el conocimiento de la Verdad Primera, que es la causa de toda verdad, es la rama más importante de la filosofía: la Filosofía Primera.

Considera Al-Kindi evidente que ningún hombre obtiene la verdad por sí solo, pero si se reúne el conocimiento de todos aquellos que la buscan se logrará conocer una parte valiosa de esta. Insiste en que ningún hombre podría en una vida reunir el saber que muchos han acumulado durante siglos, y por ello cita a Aristóteles, a quien destaca sobre los otros filósofos griegos: “Debemos dar las gracias a los padres de quienes han aportado algo de verdad, puesto que son causa de que estos hayan existido; tanto más a quienes han nacido de ellos, puesto que los padres son causa de los hijos, pero estos son causa de que obtengamos la verdad” (Met., II, 1, 993b 11-19).

Al-Kindi afirma que todo aquel que porta la verdad se ennoblece, por lo que no se debe menospreciar ni humillar a aquel que porte la verdad sea de otra raza o pueblo, pues nada hay por delante de la verdad para aquel que busca la verdad. Esta definición de Al-Kindi es puramente epistemológica, se centra en la verdad como objetivo de la filosofía y de ella deriva distintas disposiciones.

6.4.  La Filosofía en Avicena
Avicena define la filosofía como un arte teórico que permite al hombre adquirir la percepción de lo que es la totalidad del ser en sí mismo y de lo que su acción debe necesariamente obtener para que su alma se ennoblezca, se perfeccione y se prepare en el mundo existente para la felicidad suprema alcanzable por la capacidad humana. Avicena divide la disciplina en dos partes, una puramente teórica y otra puramente práctica.

La primera tiene como objetivo la obtención del conocimiento cierto del estado de los seres cuya existencia no depende de la acción del hombre, y cita como ejemplo la búsqueda de una opinión como ocurre en la astronomía o la teología. La parte restante, la práctica, tiene como fin en este caso la adquisición de una opinión verdadera sobre algo que el hombre ha adquirido con el objetivo de obtener con ello un bien, es decir, busca una opinión interesada: una opinión con vistas a una acción. Avicena sintetiza los fines de las distintas partes así: la filosofía teórica se ordena conforme a la obtención de la verdad, y la práctica hace lo propio en aras a alcanzar el bien. Esta definición de Avicena es probablemente la más concluyente, pues delimita dos campos distintos con objetivos diferenciados dentro de una misma disciplina de manera concisa y congruente.

7.   Consideraciones sobre las definiciones
Las cuatro definiciones comparten similitudes pero también presentan diferencias específicas. Una de las diferencias, por ejemplo, la encontramos en Avicena, cuya definición es la única que no se apoya, al menos explícitamente, en la doctrina de los grandes filósofos antiguos Platón o Aristóteles. Como matiz a esto último cabe decir que Avicena ha pasado a la historia como uno de los grandes traductores de Aristóteles, por lo que aunque no lo mencione es muy defendible la influencia del estagirita sobre su pensamiento. Por lo tanto, la primera característica común que se puede sostener a la hora de relacionar las definiciones es el modo en que evocan los modelos de pensamiento platónico y aristotélico.

Una observación se puede realizar en lo referente a la Filosofía según Agustín, ya que es el único que vincula la consecución de la obtención de la verdad y la felicidad con la figura de Dios, a diferencia de Al-Kindi que se centra en la capacidad del hombre para encontrar la verdad o Avicena, que también se centra en la verdad y se pregunta por el bien. Llama la atención también que solo un autor, Isidoro de Sevilla, recurra a la definición de filosofía como amor a la sabiduría como por ejemplo si hicieron otros autores islámicos como Al-Jwarizmi (Las llaves de las ciencias, G. Van Vloten, Leiden (1895), pp 131-132). Destaca Al-Kindi por ser el único que no divide la disciplina de la filosofía, ya que tanto Agustín, Isidoro y Avicena distinguen distintos apartados dentro del estudio de la filosofía. Sobre esta cuestión el que más se explaya es Isidoro, probablemente por la naturaleza sistemática y clasificadora del tratado que contiene la definición.




martes, 2 de mayo de 2017

Abû Nasr al-Fârâbî: Cómo recuperar, estudiar y aprender del fundador de la Filosofía Árabe.

"El hombre pertenece a aquella clase de animales que no puede consumar sus asuntos necesarios ni alcanzar el mejor de sus estados si no es por su asociación en comunidades en un solo territorio. [...] Cuando el hombre percibe y conoce la felicidad, pero no la establece como su deseo y fin, no la desea o lo hace de manera débil, establece como fin de su vida otra cosa distinta de la felicidad y se sirve de las demás facultades para obtener ese fin; también entonces todo lo que procede de él es un mal"




Si bien Al-Kindî es considerado casi de forma unánime como el primer filósofo del mundo árabe e integrador del pensamiento griego con las manifestaciones culturales y filosóficas de su tiempo, no será hasta la aparición y desarrollo de la figura de al-Fârâbî (870 -950) cuando el sistema filosófico árabe queda plenamente fijado y fundado. Precursor de la obra y pensamiento de otros autores como Avicena y Averroes,  la influencia de al-Fârâbî no se limita a esto, sino que es en todo punto inmensa y amplia tanto en Oriente como en el Occidente musulmán y judío.


Sin compartir la ideología oficial de su coyuntura socio-cultural, parece que la pretensión de al-Fârâbî no fue sino la de proponer una reforma de Estado islámico, o al menos, reformularla a través de nuevos términos con base filosófica. Se embarcó fielmente en esta tarea, buscando un canon de universalidad que vinculase a todos los hombres, incluyendo a la población musulmana. Todo ello nos indica un verdadero compromiso político del autor, y una búsqueda de soluciones que se ponen de relieve en su Libro de la Política o De los Principios de los seres (KITÂB AL-SIYÂSA AL-MADANIYYA).





El conjunto de su pensamiento filosófico se enmarca dentro del nexo que quiso establecer entre la filosofía griega y la aplicación de ésta a la vida que él observaba de facto. Su propuesta teórica, tachada en numerosas ocasiones de utópica, no puede observarse desde una óptica unilateral y acrítica, sino que hemos de ser conscientes que está siempre relacionada con su visión integradora del pensamiento del orbe griego en su realidad histórica. 


  • La obra se divide en dos partes bastante diferenciadas entre sí, pero no por ello se observa una ausencia de relación entre las mismas.  En la primera de ellas, Abû Nasr lleva a cabo una exposición metafísico-ontológica a la que él mismo llama De los Principios de los seres. Es muy notoria la carga aristotélica que contienen estas páginas. Y es que, de hecho, utiliza a menudo terminología aristotélica (Metafísica) para referirse a determinados campos de los cuerpos y accidentes, así como a las distintas causas y propiedades de éstos.



Establece 6 principios constituyentes de los cuerpos y sus accidentes: Causa primera, causas segundas, intelecto agente, alma, forma y materia. Ya el propio Aristóteles había hablado acerca de estos grados que, si bien con otra terminología a veces, se corresponden con la relación que establece al-Fârâbî. Quizá lo más llamativo de esta pseudo-presencia aristotélica sea la equivalencia en el tratamiento de la relación materia y forma, dada la interrelación de ambas y la preeminencia de la última. La gradación de las formas, por su parte, no es arbitraria sino que responde a una gradación: los cuatro elementos, los minerales, las plantas, los animales irracionales y, en la cumbre, los animales racionales. No es sino a este último grupo donde hay que situar al hombre, en tanto que ser dotado de capacidad racional cuyo uso puede conducirle a su más grado de perfeccionamiento, a saber, la felicidad.

Siendo 6 los estratos de división entres los seres o cuerpos, parece claro que la Causa primera se corresponde con el Primero, algo así como el  primer Motor Inmóvil, utilizando la terminología de El Estagirita. Este ser Primero posee unas cualidades que nos recuerdan irremisiblemente a Parménides: primacía, perfección, unidad, unicidad, atemporalidad, belleza, indivisibilidad, suficiencia y sabiduría. Y es que, de hecho, parece que “el conocimiento más excelente es el conocimiento perfecto e incesante de aquello que es incesante”.

A partir de la existencia del Primero, se deduce la existencia de lo demás, comenzando por las causas segundas y el intelecto agente. Tanto unas como el otro, guardan correlación con el comportamiento de los cuerpos celestes.

Una vez establecida este pilar ontológico que sostendrá el edificio teórico y metodológico de la obra, el autor erige su propuesta política, que no es sino un análisis de las comunidades humanas y las asociaciones de este animal racional. Pudiendo ser esta agrupaciones, grandes, medianas o pequeñas, su diferencia también radica en la perfección de su propio establecimiento. Y es que no ha de considerarse ni estudiarse del mismo modo, por ejemplo, una nación y una ciudad, teniendo la nación la constitución inherente y perfecta por antonomasia. Hemos de incidir de nuevo en el hecho de que esta división que lleva a cabo al-Fârâbî tiene en todo punto como referencia la base expuesta en la primera parte de la obra.

La felicidad vuelve a ocupar protagonismo en esta parte; se va a afirmar que el hombre, en exclusividad, puede alcanzar este fin por medio de la facultad racional teórica del alma (de nuevo, gnoseología de Aristóteles). Si bien las facultades del alma son 5: racional teórica, racional práctica, apetitiva, imaginativa y sensitiva, el alcance del bien último del ser humano solo puede lograrse a través de la primera. Pero este fin último que constituye la felicidad de la especie humana va a tener restricciones.
En efecto, el hombre alcanza la felicidad por medio de la facultad racional teórica de su alma, pero como hemos mencionado con anterioridad, ha de convivir en un cierto marco de asociación: la Ciudad Virtuosa. Solo en esta coyuntura política puede obtenerse la felicidad, de la mano de un gobernante-rey inspirado por los inteligibles que le muestra el intelecto agente y cuyos gobernados serán buenos y virtuosos y, con ello, felices.

Finalmente, al margen de la Ciudad Virtuosa donde se alcanza, en el plano teórico, el perfeccionamiento humano y la gran aspiración ética de la Filosofía Antigua (eudemonía), se encuentran otras ciudades que se oponen a la excelencia que subyace a esta comunidad. Estas son: la ciudad ignorante, la ciudad inmoral y, por último, la ciudad del error. En el colofón de este Libro de la Política, se puede observar con cautela el maravilloso tratamiento que concede Abû Nasr a los vicios, pasiones y degradaciones morales que experimenta el hombre político en estos límites que se alejan de la Ciudad Virtuosa. En especial, es relevante la nueva división que se establece en el seno de las ciudades ignorantes: ciudad de la necesidad y asociación de la necesidad, ciudad de la vileza y asociación  de las gentes viles, ciudad de la depravación y asociación depravada, ciudad del honor y asociación del honor, ciudad del poder y asociación del poder y ciudad comunitaria.

El engaño, la masa vulgar y carente de crítica, la honra, los bienes terrenales, el engaño, la violencia, el combate, la envidia y, sobre todo, el deseo de dominación se reflejan y explican de forma insólita en esta conclusión del Libro. Ciertamente, es una explicación impactante, pues sorprende ver la clara reminiscencia con la sociedad de nuestros contemporáneos, las distintas asociaciones políticas y la estratificación de mentalidades plagadas de prejuicios que pueblan nuestro globo. ¿Es Abû Nasr al-Fârâbî un autor adelantado a su tiempo?¿Estamos quizá ante la lectura de un autor con una mentalidad plena y abierta y consciente en todo momento de los problemas imperantes en su sociedad, la árabe? Cuando el hilo argumentativo se tinta de  cierta complejidad en la Parte Primera, el fundador de la filosofía árabe nos sorprende con una labor analítica de las sociedades y agrupaciones humanas digna de tener en cuenta. Puede que no estemos ante un pensador propiamente adscrito a la Filosofía Política, pero lo que es indubitable es que al-Fârâbî expone su pensamiento con una coherencia que se mantiene en todo momento. Tal vez sí tenemos elección; tal vez sí podemos albergar esperanza de acercarnos a la Ciudad Virtuosa y salir, poco a poco, del error; de la ciudad ignorante o de la ciudad inmoral que parece cernirse irremisiblemente en torno a la población mundial en la actualidad. 








"Cuando las acciones de los habitantes de una cierta ciudad no son dirigidas hacia la felicidad, [...] sus almas devienen entonces enfermas; y, por eso, sienten placer con las disposiciones que adquieren con sus acciones"-                  
    Abû Nasr al-Fârâbî