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martes, 9 de mayo de 2017

Recensión - Monarquía

1.   Información bibliográfica
·     ABBAGNANO, Nicolás: Historia de la Filosofía volumen 2: La filosofía del Renacimiento, La filosofía moderna de los siglos XVII y XVIII (trad. Juan Estelrich, J. Pérez Bastellar), Hora S.A., Barcelona (1994)
·     ALIGHIERI, Dante (1304-1321): La Divina Comedia (trad. Bartolomé Mitre), Centro cultural Latium, Buenos Aires (1922)
·     ALIGHIERI, Dante (1313): Monarquía (trad. Laureano Robles Carcedo, Luis Frayle Delgado), Tecnos, Madrid (1992)
·     ARISTÓTELES: Acerca del alma (trad. Tomás Calvo Martínez), Gredos, Madrid (2003)
·     ARISTÓTELES: Ética a Nicómaco (trad. José Luis Calvo Martínez), Alianza Editorial, Madrid (2014)
·     ARISTÓTELES: Política (trad. Carlos García Gual, Aurelio Pérez Jiménez), Alianza Editorial, Madrid (2015)
·     BOECIO, Severino (524): La Consolación de la Filosofía (trad. Pedro Rodríguez Santidrián), Alianza Editorial, Madrid (1999)
·     MARSILIO DE PADUA: Sobre el poder del Imperio y del Papa (El defensor menor y La transferencia del Imperio, (trad. Bernardo Bayona, Pedro Roche), Biblioteca Nueva, Madrid (2004)
·     PLATÓN: Parménides (trad. Mª Isabel Santa Cruz, Álvaro Vallejo Campos, Néstor Luis Cordero), Gredos, Madrid (1988)
·     Sagrada Biblia (trad. Eloíno Nacar Fuster, Alberto Colunga, Gaetano Cicognani), La Editorial Católica, Madrid

2. Autor
Dante Alighieri es un poeta universalmente conocido por ser autor de la Divina Comedia y por su labor junto a, entre otros, Giovanni Boccaccio y Francesco Petrarca en el enriquecimiento del dialecto toscano y su uso como lengua literaria que a posteriori contribuyó enormemente en el desarrollo del actual italiano.

Dante nace en Florencia alrededor del año 1265, época políticamente convulsa por la guerra entre güelfos y gibelinos y los conflictos en los que se inmiscuía el Papa en exhibición de su ambición abarcadora de territorios en nombre de los Estados Pontificios. Es reseñable en este momento ilustrar que Monarquía fue un libro prohibido por la Iglesia por sus ideas, como la separación del orden temporal y espiritual. A causa de la ocupación militar en Florencia siguiendo órdenes papales Dante hubo de exiliarse y viajó por distintas ciudades, para finalmente fallecer en Rávena a causa de la malaria a los 56 años. Sus restos fueron sepultados precisamente en Rávena y allí permanecen en la actualidad, a pesar de los intentos de las autoridades florentinas de recuperar a uno de sus más ilustres ciudadanos para que continúe su reposo en su ciudad natal. Por esta razón, la tumba destinada a Dante en la basílica de Santa Cruz sigue vacía bajo una inscripción que reza “Honrad al más alto poeta”

 Monarquía (del latín De Monarchia) fue escrita alrededor de 1313 mientras Florencia era sitiada por Enrique VII de Luxemburgo. Dentro de la cronología dantesca Monarquía se sitúa después del tratado De vulgari eloquentia, obra que Dante utilizó para analizar la lengua vernácula junto con su origen y correspondiente filosofía; y antes del Paraíso, la cúspide y tercera parte de la obra total del florentino, la Divina Comedia. En el momento de escribir Monarquía será muy notorio que Dante ansiaba una paz universal. A fin de enriquecer su abanico argumental Dante cita asiduamente distintos tratados del Filósofo, como Ética a Nicómaco o De anima.

3.   Ideas principales
Monarquía se compone de tres libros, cada uno con un distinto tema y un total de cuarentaiún capítulos. Como introducción Dante evidencia que, a pesar de la utilidad de la Monarquía, esta es vagamente conocida, por lo que perseguirá dar a conocer qué sea la Monarquía. Dante se hará cargo de la cuestión contestando tres preguntas: ¿es necesaria la Monarquía para el bien del mundo? ¿se atribuyó el pueblo romano el gobierno monárquico conforme al derecho? ¿depende la autoridad del Monarca directamente de Dios o hay un intermediario?

Libro I - ¿Es necesaria la Monarquía para el bien del mundo?
Dante comienza definiendo cual es su modelo ideal de Monarquía o Imperio (también es llamada así): “es aquel principado único que está sobre todos los demás en el tiempo o en las cosas medidas por el tiempo” (Monarquía. I, II). A lo largo de este primer libro el florentino aporta diez argumentos, a su juicio irrefutables, para defender la necesidad de la Monarquía temporal.

           Dante distingue las realidades sobre las que podemos actuar y las que no, y como ejemplo de las primeras destaca el arte de la política. En la política es el fin lo que determina la acción, por lo que definir el fin de la sociedad civil universal es requisito necesario para defender las acciones en aras a su consecución. Al afirmar que “ni Dios ni la naturaleza hacen nada superfluo” (Monarquía. I, III) Dante introduce un finalismo en la naturaleza humana. Este fin, que se relaciona con la facultad intelectiva exclusiva del hombre, es la paz universal.

Habiendo establecido el fin Dante argumenta cómo alcanzar nuestra perfección como género humano. Comparte con Aristóteles que cuando un conjunto de cosas se dirige hacia un fin común lo más conveniente es que una gobierne y el resto sea gobernada, igual que el paterfamilias en la casa, el alcalde en la aldea y, en este caso, el Monarca en el mundo. Dante también incide en la relación del todo con las partes al considerar que un poblado es tal cosa en tanto que participa de algo superior: la Monarquía. Sin embargo, el florentino se centra más en el orden del poblado, es decir, en el gobierno que a su vez es una parte de un gobierno más universal: el del Monarca único al que todos los demás órdenes deben subordinarse. Al final Dante acaba aplicando este silogismo del todo y las partes a la humanidad, que es parte de la totalidad del universo cuyo Monarca único es Dios, de lo que se deduce nuevamente la necesidad de un único Monarca a semejanza de la unicidad de Dios para alcanzar un correcto orden del mundo.

También son clave las Sagradas Escrituras para argüir la exigencia de la Monarquía por el bien del mundo. Recuerda Dante citando la Biblia “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gén. 1, 26) la semejanza con Dios, pero esta se da en mayor grado en tanto que los hombres son más uno, y el mayor grado de unidad solo se da mediante el sometimiento total a un único príncipe: el Monarca, cuya necesidad recae también en su función de agente dirimente de litigios entre príncipes menores por su suprema autoridad. Dante hace uso de la justicia y la libertad con el mismo objetivo. La justicia permite un mejor orden en el mundo, pero se oponen a ella los apetitos, defecto del que precisamente carece el Monarca al no desear nada mas que los hombres vivan bien, ergo su existencia es diligencia para el correcto funcionamiento del mundo. Sobre la libertad, “el mayor don hecho por Dios a la naturaleza humana” (Monarquía. I, XII), Dante afirma que se experimenta en mayor grado bajo la autoridad del Monarca, ya que no hay libertad con gobernantes inmorales.

El Monarca también debe serlo por ser quien se conduce a sí mismo de la manera más óptima, ergo será el que mejor impregne al resto de su modo de obrar. Comparte Dante con Aristóteles la caracterización de lo superfluo como malo, pensamiento que lo lleva a defender la perfección del gobierno de uno como medida para la multiplicidad de leyes de los distintos reinos, fruto de incesantes conflictos. Además, al identificarse la unidad con la bondad es necesario un gobernante que sea guía de la voluntad de los mortales, para que estos avancen en grupo concordemente logrando la unidad. El único lugar en la historia donde Dante encuentra esta perfecta Monarquía fue con Augusto, con quien se dio la paz universal.

Libro II - ¿Se atribuyó el pueblo romano el gobierno monárquico conforme al derecho?
La idea de encontrar la verdad sobre esta cuestión es lograr que los pueblos gobernados por príncipes, que se atribuyen a sí mismos sin conformidad al derecho gobiernos monárquicos siguiendo el modelo romano, se vean libres del yugo opresor de creer en la no conformidad al derecho romana. Para Dante el derecho es bueno y la voluntad divina, y argumentará en este segundo libro apoyándose en la razón humana y la verdad divina.

Dante es del pensamiento que al pueblo más noble le corresponde preceder a los demás, y este pueblo es justamente el romano por correr por sus venas la sangre de Eneas y de todas las partes del mundo. También es Roma un Imperio conforme al derecho por haber sido favorecida con milagros, ya que todo lo querido por Dios es favorecido por este para su perfección, y ejemplo de ello son, entre otros, el ganso que alertó de la presencia los galos o la tormenta de granizo que azotó a las tropas de Aníbal. Durante la lectura se percibe cómo todo el que busca el bien de la república busca el derecho como fin, y siendo el fin de la sociedad el bien común necesariamente este será el fin a su vez de todo derecho, siendo imposible que esto sea de otra manera; de lo que se deduce que la ley solo es tal al estar orientada al bien común de quienes se dirige. Dante encuentra prueba suficiente en las gestas del Imperio Romano durante la conquista del orbe de la tierra, y para ello evoca la labor del Senado y de los magistrados y de algunos particulares, como Cincinato o Marco Catón.

Dante manifiesta que algunos hombres han nacido para gobernar al igual que otros lo han hecho para ser gobernados y extiende esta concepción a los pueblos, es decir, algunos pueblos han nacido para mandar y otros para obedecer; siendo aquel pueblo destinado al gobierno el romano. Dante realiza una distinción entre los distintos modos en que puede darse el juicio divino. A algunos de ellos llega la razón humana por sí sola y a otros lo hace con ayuda de la fe, aunque existen unos juicios ocultos solo alcanzables mediante la concesión de una gracia especial, que puede ser una simple revelación o una revelación por arbitraje. Estas últimas a su vez se subdividen en revelaciones por colisión de fuerzas o duelo y revelaciones por competición.

           Sobre los últimos tipos de revelaciones Dante narra el triunfo de Roma en la competición por el Imperio por juicio divino, ya que también hubo otros que lo intentaron pero sin éxito: Nino y Semíramis, Vesoges, Jerjes, Alejandro… Dante recurre a San Lucas, “Salió un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo” (Lc. 2, 1), para concluir que la jurisdicción universal del mundo le corresponde a Roma. Sobre la revelación por duelo Dante afirma que lo que se obtiene es conforme al derecho siempre y cuando sea como último recurso para salvar la justicia, lo que se debe a que los requisitos formales del duelo implican un mutuo acuerdo en nombre de Dios en busca de la justicia, ergo Dios está presente y no permitirá la derrota del bando de la justicia, siendo esta la razón de la victoria romana sobre los demás pueblos.

           El florentino aporta argumentos de fe cristiana cuando hace evidente que afirmar la no conformidad al derecho del Imperio Romano es igual a la afirmación “Cristo al nacer aceptó la injusticia”, que todo creyente admitirá falsa. Además, Cristo quiso nacer bajo edicto de la autoridad romana, pues entre todos los pueblos de los distintos tiempos el romano era el más justo, ergo es conforme al derecho. De hecho, si el Imperio Romano no fuese conforme al derecho no hubiera estado capacitado jurisdiccionalmente para castigar a Cristo por el pecado de Adán. Como broche final al segundo libro Dante insta a los cristianos a dejar de censurar al Imperio Romano, ya que como acaba de mostrar Cristo lo aprobó tanto al principio como al final de su vida.

Libro III - ¿Depende la autoridad del Monarca directamente de Dios o hay un intermediario?
Dante encadena su argumentación desde el siguiente principio: Dios no quiere aquello que repugna la intención de la naturaleza. Ahora Dante pretende esclarecer la verdad para dirimir el litigio que lleva a las personas a defender cosas falsas, y se refiere a tres tipos de hombres que se oponen a la verdad que defiende: el Papa y quienes por celo de la Iglesia lo siguen, quienes nacidos del diablo habitan en el seno de la Iglesia cuestionando verdades sacras y los decretalistas, que defienden que el fundamento de la fe son las tradiciones de la Iglesia. La búsqueda de la verdad dantesca solo se dirige al primer grupo.

Dante refuta a estos hombres por su alegoría del Sol y la Luna de la Génesis, mediante la cual deducen que el orden espiritual y temporal se encuentran en una relación de subordinación al recibir el reino temporal toda autoridad del reino espiritual, en tanto que toda luz de la Luna proviene del Sol. Para Dante es claro el carácter erróneo del silogismo por el motor propio y la luz emanada por la Luna en los eclipses, aunque acepta la mayor eficacia del orden temporal cuando recibe ayuda del espiritual. Durante el transcurso de este tercer libro Dante niega el silogismo mediante el cual el Papa puede deponer al Monarca temporal en virtud de aquello mismo que hizo Samuel con Saúl por mandato divino. Dante muestra como el círculo del Sumo Pontífice arguye que este es vicario de Dios al igual que Samuel, a lo que Dante refuta aclarando que Samuel no era más que un nuncio; y, en el caso de llegar a ser vicario de Dios, el Papa jamás tendría su misma autoridad.

           El florentino tacha de ilícito hacer cosas contrarias al oficio de uno y por ello censura la donación de Constantino a la Iglesia tras la cura de su lepra en tanto que, como Emperador, su función es mantener el Imperio unido, y donar una parte sería separarlo. A esto añade que por precepto de San Mateo, “no os procuréis oro, ni plata, ni cobre sobre vuestros cintos, ni alforja para el camino” (Mt. 10, 9-19), la Iglesia no puede recibir bienes temporales más que por patrocinio, y de ninguna manera en calidad de propietaria.

Dante también reprueba a aquellos que defienden la autoridad del Imperio como obra de la autoridad de la Iglesia al demostrar que el Imperio tuvo su autoridad y existencia antes que esta apareciera. Para argumentar la procedencia directa de Dios de la autoridad del Monarca Dante divide al hombre en cuerpo y alma, respectivamente corruptible e incorruptible. Esto conlleva un doble fin del hombre y para ello han de existir dos guías: el Emperador y el Papa.
De esta manera resulta evidente que ambos son necesarios al proceder su autoridad de la voluntad divina. Como apunte final Dante, a pesar de haber negado la supremacía total del poder espiritual sobre el temporal, sí considera que el Emperador debe reverenciar al Sumo Pontífice en tanto que la felicidad mortal se ordena a la inmortal.

4.   Conclusión
Dante aporta en De monarchia numerosos argumentos para defender tanto la secularización del Estado como la necesidad de un Imperio de probado origen divino. La obra permitió fundamentar una disminución de la autoridad eclesiástica, razón suficiente para que la Iglesia prohibiese Monarquía. Por los argumentos dados Dante también facilita la defensa de la primacía histórica del Imperio Romano y siembra el germen del sustento ideológico de las grandes monarquías absolutas de los siglos XVII y XVIII.

La razón personal para la elección de este texto se debió a mi interés en la obra dantesca por haber leído extractos de La Divina Comedia y libros relacionados. Encontrar un tratado en prosa de tanta calidad lingüística ha sido muy grato y a razón de ello he recomendado a distintos compañeros la lectura. Considero que la relación entre Iglesia y Estado es aun a día de hoy un tema candente, tal vez en distinta manera, pero todavía Monarquía puede constituir una lectura de interés para cualquier persona interesada en la relación de los órdenes temporal y espiritual, el modelo de la monarquía absoluta o la historia de Roma.




miércoles, 3 de mayo de 2017

Monarquía (Libro III) - ¿La autoridad del Monarca proviene directamente de Dios o de algún vicario suyo?

Libro III
En este tercer libro Dante trata la última cuestión planteada al principio de la obra; se pregunta si la autoridad del Monarca Romano, ya demostrado Monarca del mundo, depende directamente de Dios o existe un vicario entre ambos, que en este caso sería el Sumo Pontífice. Dante encadena su argumentación en esta ocasión desde el siguiente principio: Dios no quiere aquello que repugna la intención de la naturaleza.

La intención de Dante a la hora de esclarecer esta verdad no es como en las anteriores cuestiones, cuyo objeto era eliminar la ignorancia, sino que se dispone a resolver el litigio que deriva en personas defendiendo cosas falsas. Dante encuentra fundamentalmente tres tipos de hombres que se oponen a esta verdad: el Papa y aquellos que lo siguen por celo de la Iglesia pero no por soberbia, aquellos que aunque nacidos del diablo se hallan en el seno de la Iglesia cuestionando toda verdad sacra y los decretalistas, cuya tesis es que el fundamento de la fe son las tradiciones de la Iglesia. Para Dante la discusión sobre este tema solo es relevante con el primer grupo de hombres, y para ello muestra la carencia de sentido de la inclusión de los otros dos grupos en el dilema. El error de los decretalistas sale a la luz cuando Dante muestra que hay escrituras antes de la Iglesia, el Antiguo y el Nuevo Testamento; durante la Iglesia, las obras de San Agustín y los distintos doctores; y después de la Iglesia, los decretales; y de esto se deduce que afirmar la prioridad de la tradición eclesiástica en la fe es erróneo. Con el segundo grupo de hombres Dante no se molesta en discutir por su falta de capacidad de raciocinio, así que su búsqueda de la verdad está expresamente destinada a los primeros.

En el Capítulo IV se dirige Dante al primer grupo de hombres usando uno de sus argumentos sacado del libro de Génesis (Gen. 1, 16) en el que los dos luminares creados por Dios, el Sol y la Luna, alegorizan el orden temporal y el orden espiritual, ya que al igual que la Luna no tiene luz sino en cuanto la recibe del Sol, el reino temporal carece de autoridad mas la que le cede el reino espiritual. Dante refuta este argumento al mostrar que la Luna sí tiene motor propio y además produce luz por sí misma como se puede ver en los eclipses, ergo el silogismo con los reinos espiritual y temporal es incorrecto y afirmará la independencia del segundo, aunque admite que el reino temporal será más eficaz en tanto que reciba ayuda del reino espiritual.

A partir del Capítulo V el florentino aporta argumentos para reafirmar la independiente autoridad del reino temporal. A partir del argumento dado por aquellos defensores de la autoridad eclesiástica que citan el hecho en el que Samuel depuso a Saúl por mandato divino, por lo que por simple silogismo el círculo del Sumo Pontífice arguye la posibilidad de este para hacer tal cosa con el poder temporal del momento, es decir, arguyen la facultad eclesiástica de decidir sobre el Monarca; Dante niega la posición de Samuel como vicario y lo trata de nuncio, de lo se sigue que el Papa ya no será por silogismo el vicario de Dios y por ello omnímodo. Dante muestra también que, en caso de aceptar al Pontífice como vicario de Cristo, este nunca alcanzará todas las facultades que caracterizaban al segundo, ya que al igual que la autoridad del vicario de un conde no iguala a la de su señor, la autoridad del sucesor de Pedro no es la misma que la autoridad divina.

Dante también utiliza argumentos basados en la historia humana de Roma, y a estos efectos recuerda cuando Constantino hizo una donación a la Iglesia tras la intervención del Papa Silvestre en su cura de la lepra. Los hombres a los que se opone Dante afirman que “el régimen romano pertenece a la Iglesia; luego nadie puede poseerlo de jure si no lo recibe de la Iglesia”, es decir, dan un criterio bien distinto de legitimidad al dado en el Libro II respecto de la autoría del pueblo romano sobre el gobierno monárquico. Dante defiende que no es lícito hacer cosas contrarias al oficio de uno, ergo es contrario al oficio del Emperador dividir el Imperio en tanto que su función es mantener unido al género humano, de lo que se deduce que una donación por parte del Emperador es en todo caso ilícita. Además, la Iglesia está completamente incapacitada por un precepto de San Mateo a recibir bienes temporales: “no os procuréis oro, ni plata, ni cobre sobre vuestros cintos, ni alforja para el camino” (Mt.10, 9-19). La única manera en la que Dante acepta que la Iglesia recibiera bienes es que esto fuera en calidad de patrocinio o préstamo, es decir, siempre y cuando mantuviera el dominio último sobre los bienes prestados.

En el Capítulo XI Dante toma uno de los argumentos dados por aquellos a quienes se enfrenta para deducir a partir de él: “todas las cosas que pertenecen a un mismo género se reducen a una, que es la medida de todas las comprendidas en ese género”. Es una cita tomada de Aristóteles (Met. X, 1, 1052b 18) de la que se sirven para concluir que todos los hombres, incluido el Emperador, deben reducirse al Papa y por tanto aceptar su autoridad. Para Dante esto es incorrecto ya que ser hombre no es lo mismo que ser Papa, al igual que ser hombre no es lo mismo que ser Emperador. Partiendo de esa diferencia se llega a que el Papa y el Emperador no deben reducirse en cuanto a hombres sino en cuanto Papa y en cuanto a Emperador, es decir, pertenecen a órdenes distintos entre los que se da una relación de irreductibilidad. El Capítulo XII sirve para demostrar que la autoridad de la Iglesia no es causa de la autoridad imperial ya que el Imperio tuvo toda su virtud antes de la existencia y virtud de la Iglesia, por lo que no puede ser causa de la existencia del Imperio y consecuentemente de su virtud, y como virtud y autoridad se identifican queda probada así la tesis dantesca.

A lo largo del Capítulo XIII Dante se plantea la procedencia de la autoridad con la que presuntamente la Iglesia otorgó poder al Imperio. En caso de haberla obtenido de Dios se habría dado por ley natural o por ley divina. La imposibilidad de la primera vía se explica porque la Iglesia recibe sus órdenes directamente de Dios, por lo que no recibe ninguna de la naturaleza; mientras que por el otro lado la ley divina está contenida en los Dos Testamentos sobre los que no se ha encomendado tutela al sacerdocio, por lo que está vía queda de igual forma descartada. Si se planteara que la Iglesia se atribuyó a sí misma la autoridad de otorgar poder temporal uno refutaría que nadie puede dar lo que no tiene, ergo si la Iglesia se dio a sí misma ese poder que no tenía antes de dárselo se daría el imposible de que se hubiera dado algo que no tenía. Excluida esta otra opción, Dante desecha que obtuviera tal autoridad también de un emperador por lo ya expuesto y también la posibilidad de que fuera por asentimiento universal de la mayoría, posibilidad impensable cuando todos los pueblos repudian ese poder. Queda por tanto categóricamente refutada la autoridad de la Iglesia para dispensar poder temporal al Imperio. En el penúltimo capítulo Dante recuerda que aquello contrario a la naturaleza de una cosa no puede formar parte de sus facultades, y como la facultad de adjudicar poder temporal se opone a la naturaleza eclesiástica se reitera que la Iglesia carece de dicha potestad. La naturaleza de la Iglesia es propiamente la vida de Cristo, que renunció al régimen temporal y no se ocupaba de este reino, por lo que tal ha de ser el modelo al que debe aspirar el orden eclesiástico.

El Capítulo XV y último es la prueba de que la autoridad imperial proviene directamente de Dios. Para llegar a esto debe aceptarse que el hombre al estar compuesto de cuerpo y alma es respectivamente corruptible e incorruptible, por lo que tiene dos naturalezas con sus correspondientes fines: la felicidad en la vida presente, a la que se llega por enseñanzas filosóficas, y la felicidad en la vida eterna, que se alcanza por preceptos espirituales que transcienden la razón humana. Por la avaricia el género humano olvidó estos fines, y para alcanzarlos Dios puso a su disposición una doble guía: el Emperador y el Papa. Para alcanzar el difícil objetivo es imperativo que se de la paz universal en vida, función que cumplirá el Emperador siempre que sea sostenido por Aquél que domina los cielos, fenómeno plausible únicamente por voluntad divina. Por lo tanto, la autoridad del Monarca temporal proviene sin intermediario de la autoridad universal: de Dios. Como apunte final Dante, a pesar de haber negado la supremacía total del poder espiritual sobre el temporal, sí considera que el Emperador debe reverenciar al Sumo Pontífice en tanto que la felicidad mortal se ordena a la inmortal.

Monarquía (Libro II) - ¿Se atribuyó el pueblo romano el gobierno monárquico conforme al derecho?

Libro II
El poeta florentino utiliza el Capítulo I de este segundo libro para introducir el tema predominante de los siguientes capítulos. En las siguientes páginas Dante indagará sobre si el pueblo romano se atribuyó a sí mismo legítimamente el gobierno monárquico ya que, de hacerlo, todos los príncipes que se atribuyen gobiernos monárquicos y todos los pueblos sometidos a ellos se verán libres de ignorancia. Para esclarecer esta verdad Dante se apoyará tanto en la razón humana como en la verdad divina. El Capítulo II sirve a Alighieri para establecer una igualdad metafórica entre el arte y la naturaleza, y para ello enuncia que al igual que el arte existe en un triple grado, en la mente del artista, en el instrumento y en la materia elaborada por el arte; también existe en la naturaleza, que está en la mente de un primer motor que es Dios, en el cielo que es el instrumento y en la materia. De esto Dante argumenta que del mismo modo que al encontrar en una forma de arte creada por un artista haciendo uso de un instrumento perfecto un defecto este es imputable a la materia, todo defecto en los seres inferiores de la naturaleza no será imputable a Dios, mas todo lo bueno en los seres inferiores sí proviene de Dios. Siguiendo el hilo de esta argumentación Dante concluye que como el derecho es bueno viene de la mente de Dios, y como todo lo que se halla en la mente de Dios es Dios y Dios se quiere a sí mismo resulta que el derecho es la voluntad divina.

El Capítulo III sirve a Dante para mostrar otra razón de la existencia del Imperio Romano conforme al derecho, ya que como hace ver al pueblo más noble le corresponde preceder a los demás, y como el pueblo romano era el más noble por el más simple de los silogismos Dante concluye la legitimidad imperial de Roma. Para mostrar esto históricamente Dante habla de la nobleza, que bien puede ser la propia o la de los antepasados. La primera de ellas, la nobleza del pueblo romano, es probada por testimonios de Virgilio en la Eneida donde sitúa a Eneas como el padre de pueblo romano, hombre egregio como nos muestra Virgilio: “Teníamos por rey a Eneas, el más justiciero, el más grande por su piedad y por su valor en la guerra”. Respecto de la nobleza hereditaria Dante muestra como las tres partes de la tierra, a saber Europa, África y Asia, enriquecieron al pueblo romano su sangre, por lo que no duda nuestro poeta de la nobleza del pueblo en el que concurre la sangre de Eneas y de todas las partes del mundo.

Dante continúa su argumentación en el Capítulo IV al decir que todo lo querido por Dios es favorecido por este para su perfección, y por ello es conforme al derecho. Para la definición de milagro recurre a Santo Tomás, por lo que un milagro será “lo que sucede por intervención divina, fuera del orden comúnmente establecido de las cosas” (Summa contra gent., III, 101.). Una de las particularidades de estos fenómenos es que son exclusiva jurisdicción de Dios, ningún vicario suyo está facultado para realizarlos. A fin de mostrar la legitimidad del Imperio Romano Dante recaba distintos milagros a lo largo de la historia del Imperio: el escudo en el sacrificio bajo el reinado de Numa Pompilio, el ganso que alertó de la presencia los galos, la tormenta de granizo que azotó a las tropas de Aníbal…

El Capítulo V es el más extenso de este segundo libro. El punto de partida es que todo el que busca el bien de la república busca el derecho como fin, y siendo el fin de la sociedad el bien común necesariamente este será el fin a su vez de todo derecho, siendo imposible que esto sea de otra manera. De esto se deduce que una ley solo será tal cuando se orienten al bien común de aquellos a quienes está dirigida como hizo ver Séneca: “la ley es el vínculo de la sociedad humana” en su libro De las cuatro virtudes. Para Dante las gestas del Imperio Romano al someter el orbe de la tierra son prueba suficiente para demostrar que perseguía el bien común. Tal era el convencimiento del florentino acerca de esto último que ofrece distintas pruebas de la intención del pueblo romano en las corporaciones y en las personas particulares. Para mostrar la intención de las corporaciones cita a Cicerón en su Libro II de De los deberes, donde ensalza la labor del Senado y de los magistrados romanos; mientras que como particulares Dante invoca a Cincinato, Fabricio, Camilo, Bruto o a Marco Catón, entre otros. Dante, al considera demostrado con los ejemplos de este capítulo que el pueblo romano al someter al mundo perseguía el fin del derecho, deja patente la legitimidad para autoproclamarse Imperio de Roma.

                  El sexto capítulo sirve a nuestro autor para argumentar de qué manera está el pueblo romano por naturaleza destinado a imperar, ya que lo que la naturaleza ordena se cumple conforme al derecho. Para explicar esto Dante aclara que son igualmente importantes los medios y el fin, ergo al ser el fin del género humano un medio para el fin universal de la naturaleza esta ha de tender a él. La naturaleza siempre obra por un fin, para cuyo cumplimiento requiere de la influencia divina y de la multitud del género humano agrupado hacia un fin, en su caso la paz universal. Dante recuerda a Aristóteles y comparte su pensamiento al manifestar que no solo algunos hombres sino también algunos pueblos han nacido para mandar y otros para obedecer, y Dante encuentra ese pueblo destinado a mandar en Roma. En el siguiente capítulo trata las distintas maneras en las que se manifiesta el juicio divino, que puede ser por razón humana o por fe. Algunos juicios los alcanza la razón humana por sus propios medios o con ayuda de la fe, pero a los juicios ocultos solo se llega mediante una gracia especial, que puede ser una simple revelación o una revelación alcanzada por arbitraje. Estas últimas a su vez se subdividen en revelaciones por colisión de fuerzas o duelo y revelaciones por competición.

                  Los capítulos VIII y IX se dedican a esos últimos tipos de revelaciones Dante cuenta que el triunfo en la competición por el Imperio del mundo lo ganó el pueblo romano por juicio divino, ya que también hubo otros que lo intentaron pero sin éxito: Nino y Semíramis, Vesoges, Jerjes, Alejandro… Para hacer evidente que el juicio divino favoreció a Roma el florentino cita el evangelio de San Lucas: “Salió un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo” (Lc. 2, 1), de lo que se concluye que la jurisdicción universal del mundo le corresponde a Roma. En lo referente al duelo Dante afirma que lo obtenido con ese medio también es conforme al derecho, siempre y cuando sea como último recurso para salvar la justicia. Los requisitos formales del duelo implican un mutuo acuerdo en nombre de Dios en busca de la justicia, ergo Dios está presente y no permitirá la derrota del bando de la justicia, y es por ello que Eneas derrotó a Turno y el pueblo romano a griegos, albanos, cartagineses o africanos.


                  Dante también habla de la necesidad de dar argumentos de fe cristiana en los últimos dos capítulos del segundo libro. Para ello el florentino hace evidente que de no ser el Imperio Romano conforme al derecho se afirmaría que Cristo al nacer aceptó la injusticia, afirmación que todo creyente admitirá falsa. Otro argumento es que Cristo decidió nacer bajo edicto de la autoridad romana por voluntad propia, ya que entre todos los pueblos de los distintos tiempos el romano era el más justo, ergo es conforme al derecho. Además, si el Imperio Romano no fuese conforme al derecho no hubiera estado capacitado jurisdiccionalmente sobre el género humano para castigar a Cristo por el pecado de Adán. Como broche final al segundo libro Dante insta a los cristianos a dejar de censurar al Imperio Romano, ya que como acaba de mostrar Cristo lo aprobó tanto al principio como al final de su vida.