miércoles, 3 de mayo de 2017

Monarquía (Libro III) - ¿La autoridad del Monarca proviene directamente de Dios o de algún vicario suyo?

Libro III
En este tercer libro Dante trata la última cuestión planteada al principio de la obra; se pregunta si la autoridad del Monarca Romano, ya demostrado Monarca del mundo, depende directamente de Dios o existe un vicario entre ambos, que en este caso sería el Sumo Pontífice. Dante encadena su argumentación en esta ocasión desde el siguiente principio: Dios no quiere aquello que repugna la intención de la naturaleza.

La intención de Dante a la hora de esclarecer esta verdad no es como en las anteriores cuestiones, cuyo objeto era eliminar la ignorancia, sino que se dispone a resolver el litigio que deriva en personas defendiendo cosas falsas. Dante encuentra fundamentalmente tres tipos de hombres que se oponen a esta verdad: el Papa y aquellos que lo siguen por celo de la Iglesia pero no por soberbia, aquellos que aunque nacidos del diablo se hallan en el seno de la Iglesia cuestionando toda verdad sacra y los decretalistas, cuya tesis es que el fundamento de la fe son las tradiciones de la Iglesia. Para Dante la discusión sobre este tema solo es relevante con el primer grupo de hombres, y para ello muestra la carencia de sentido de la inclusión de los otros dos grupos en el dilema. El error de los decretalistas sale a la luz cuando Dante muestra que hay escrituras antes de la Iglesia, el Antiguo y el Nuevo Testamento; durante la Iglesia, las obras de San Agustín y los distintos doctores; y después de la Iglesia, los decretales; y de esto se deduce que afirmar la prioridad de la tradición eclesiástica en la fe es erróneo. Con el segundo grupo de hombres Dante no se molesta en discutir por su falta de capacidad de raciocinio, así que su búsqueda de la verdad está expresamente destinada a los primeros.

En el Capítulo IV se dirige Dante al primer grupo de hombres usando uno de sus argumentos sacado del libro de Génesis (Gen. 1, 16) en el que los dos luminares creados por Dios, el Sol y la Luna, alegorizan el orden temporal y el orden espiritual, ya que al igual que la Luna no tiene luz sino en cuanto la recibe del Sol, el reino temporal carece de autoridad mas la que le cede el reino espiritual. Dante refuta este argumento al mostrar que la Luna sí tiene motor propio y además produce luz por sí misma como se puede ver en los eclipses, ergo el silogismo con los reinos espiritual y temporal es incorrecto y afirmará la independencia del segundo, aunque admite que el reino temporal será más eficaz en tanto que reciba ayuda del reino espiritual.

A partir del Capítulo V el florentino aporta argumentos para reafirmar la independiente autoridad del reino temporal. A partir del argumento dado por aquellos defensores de la autoridad eclesiástica que citan el hecho en el que Samuel depuso a Saúl por mandato divino, por lo que por simple silogismo el círculo del Sumo Pontífice arguye la posibilidad de este para hacer tal cosa con el poder temporal del momento, es decir, arguyen la facultad eclesiástica de decidir sobre el Monarca; Dante niega la posición de Samuel como vicario y lo trata de nuncio, de lo se sigue que el Papa ya no será por silogismo el vicario de Dios y por ello omnímodo. Dante muestra también que, en caso de aceptar al Pontífice como vicario de Cristo, este nunca alcanzará todas las facultades que caracterizaban al segundo, ya que al igual que la autoridad del vicario de un conde no iguala a la de su señor, la autoridad del sucesor de Pedro no es la misma que la autoridad divina.

Dante también utiliza argumentos basados en la historia humana de Roma, y a estos efectos recuerda cuando Constantino hizo una donación a la Iglesia tras la intervención del Papa Silvestre en su cura de la lepra. Los hombres a los que se opone Dante afirman que “el régimen romano pertenece a la Iglesia; luego nadie puede poseerlo de jure si no lo recibe de la Iglesia”, es decir, dan un criterio bien distinto de legitimidad al dado en el Libro II respecto de la autoría del pueblo romano sobre el gobierno monárquico. Dante defiende que no es lícito hacer cosas contrarias al oficio de uno, ergo es contrario al oficio del Emperador dividir el Imperio en tanto que su función es mantener unido al género humano, de lo que se deduce que una donación por parte del Emperador es en todo caso ilícita. Además, la Iglesia está completamente incapacitada por un precepto de San Mateo a recibir bienes temporales: “no os procuréis oro, ni plata, ni cobre sobre vuestros cintos, ni alforja para el camino” (Mt.10, 9-19). La única manera en la que Dante acepta que la Iglesia recibiera bienes es que esto fuera en calidad de patrocinio o préstamo, es decir, siempre y cuando mantuviera el dominio último sobre los bienes prestados.

En el Capítulo XI Dante toma uno de los argumentos dados por aquellos a quienes se enfrenta para deducir a partir de él: “todas las cosas que pertenecen a un mismo género se reducen a una, que es la medida de todas las comprendidas en ese género”. Es una cita tomada de Aristóteles (Met. X, 1, 1052b 18) de la que se sirven para concluir que todos los hombres, incluido el Emperador, deben reducirse al Papa y por tanto aceptar su autoridad. Para Dante esto es incorrecto ya que ser hombre no es lo mismo que ser Papa, al igual que ser hombre no es lo mismo que ser Emperador. Partiendo de esa diferencia se llega a que el Papa y el Emperador no deben reducirse en cuanto a hombres sino en cuanto Papa y en cuanto a Emperador, es decir, pertenecen a órdenes distintos entre los que se da una relación de irreductibilidad. El Capítulo XII sirve para demostrar que la autoridad de la Iglesia no es causa de la autoridad imperial ya que el Imperio tuvo toda su virtud antes de la existencia y virtud de la Iglesia, por lo que no puede ser causa de la existencia del Imperio y consecuentemente de su virtud, y como virtud y autoridad se identifican queda probada así la tesis dantesca.

A lo largo del Capítulo XIII Dante se plantea la procedencia de la autoridad con la que presuntamente la Iglesia otorgó poder al Imperio. En caso de haberla obtenido de Dios se habría dado por ley natural o por ley divina. La imposibilidad de la primera vía se explica porque la Iglesia recibe sus órdenes directamente de Dios, por lo que no recibe ninguna de la naturaleza; mientras que por el otro lado la ley divina está contenida en los Dos Testamentos sobre los que no se ha encomendado tutela al sacerdocio, por lo que está vía queda de igual forma descartada. Si se planteara que la Iglesia se atribuyó a sí misma la autoridad de otorgar poder temporal uno refutaría que nadie puede dar lo que no tiene, ergo si la Iglesia se dio a sí misma ese poder que no tenía antes de dárselo se daría el imposible de que se hubiera dado algo que no tenía. Excluida esta otra opción, Dante desecha que obtuviera tal autoridad también de un emperador por lo ya expuesto y también la posibilidad de que fuera por asentimiento universal de la mayoría, posibilidad impensable cuando todos los pueblos repudian ese poder. Queda por tanto categóricamente refutada la autoridad de la Iglesia para dispensar poder temporal al Imperio. En el penúltimo capítulo Dante recuerda que aquello contrario a la naturaleza de una cosa no puede formar parte de sus facultades, y como la facultad de adjudicar poder temporal se opone a la naturaleza eclesiástica se reitera que la Iglesia carece de dicha potestad. La naturaleza de la Iglesia es propiamente la vida de Cristo, que renunció al régimen temporal y no se ocupaba de este reino, por lo que tal ha de ser el modelo al que debe aspirar el orden eclesiástico.

El Capítulo XV y último es la prueba de que la autoridad imperial proviene directamente de Dios. Para llegar a esto debe aceptarse que el hombre al estar compuesto de cuerpo y alma es respectivamente corruptible e incorruptible, por lo que tiene dos naturalezas con sus correspondientes fines: la felicidad en la vida presente, a la que se llega por enseñanzas filosóficas, y la felicidad en la vida eterna, que se alcanza por preceptos espirituales que transcienden la razón humana. Por la avaricia el género humano olvidó estos fines, y para alcanzarlos Dios puso a su disposición una doble guía: el Emperador y el Papa. Para alcanzar el difícil objetivo es imperativo que se de la paz universal en vida, función que cumplirá el Emperador siempre que sea sostenido por Aquél que domina los cielos, fenómeno plausible únicamente por voluntad divina. Por lo tanto, la autoridad del Monarca temporal proviene sin intermediario de la autoridad universal: de Dios. Como apunte final Dante, a pesar de haber negado la supremacía total del poder espiritual sobre el temporal, sí considera que el Emperador debe reverenciar al Sumo Pontífice en tanto que la felicidad mortal se ordena a la inmortal.

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